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“Potencialmente, la Enseñanza está en todo, siempre; es por siempre la misma y es por siempre vital, fresca y nueva, como la vida misma, como el mundo mismo.”


 

 

 

 

 

 

 

“¿Recibimos y reconocemos en forma constante y abierta las Enseñanzas que la vida nos ofrece?”


 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

“Casi cualquier cosa servirá, casi cualquier cosa nos sacará rápidamente de nuestras fantasías y nos llevará de vuelta a la realidad de nuestra condición humana.”

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

“Uno bien podría ‘captar la enseñanza’ años después de haber tenido la experiencia que la brindó; sólo mucho después y luego de mucha maduración, podría de hecho tener lugar un ‘click’.”

 

 

 

 

 

 

 


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La escuela de “las manos en la masa”
by Leonard Ross                                                                                              English Version

Teníamos por delante una pared. La idea era abrir una puerta en ella para que los grandes y los chiquilines del jardín de infantes pudieran pasar de una sala a la otra con libertad y sin tener que dar demasiadas vueltas. Teníamos que comenzar a romper con mucha cautela. ¿En qué lugar de esa vieja casa estarían los cables de electricidad y los caños de agua? Cualquiera que alguna vez hubiera conocido esos pequeños detalles ya los habría olvidado hacía tiempo. Efectivamente, al hacer el primer orificio tentativo el cincel golpeó el borde de algo difícil de reconocer. ¿Qué podría ser? Poco a poco picamos hasta que finalmente – en realidad más bien gloriosamente – se nos reveló: una hermosa y antigua puerta corrediza de doble hoja, tapiada, que la previsión de algún benefactor había dejado allí, abandonada al olvido y también para nosotros. No pudimos darnos cuenta inmediatamente de lo que veíamos; algo aturdidos por el inesperado y afortunado encuentro, nos llevó algunos largos momentos de lucha y confusión reconocer lo que teníamos ante los ojos. La comprensión se aclaró: en realidad, la pared siempre había sido una puerta, en espera de que alguien la viera desde otro punto de vista, en espera de que llamáramos a ella para volver a abrirse.

De modo que allí se mantiene hoy, como símbolo y enseñanza de madera y yeso y en lo que de algún modo permanece de nuestro esfuerzo manual y mental. ¿En cuántas de las paredes que nos rodean hay puertas que permanecen ocultas? ¿Solemos reconocer esas puertas, esas Enseñanzas? ¿Recibimos y reconocemos en forma constante y abierta las Enseñanzas que la vida nos ofrece? Potencialmente, la Enseñanza está en todo, siempre; es por siempre la misma y es por siempre vital, fresca y nueva, como la vida misma, como el mundo mismo. Con todo, el reconocimiento es una clave; no obstante apenas raras veces reconocemos los mensajes que la vida nos da, y al no reconocerlos, nos resulta difícil recibirlos. Más aún: no reconocemos que no reconocemos, no pescamos que no pescamos, sino que más bien caemos burdamente, una y otra vez, en repetir las mismas experiencias. No trasponemos fácilmente las puertas que se nos han abierto, no transitamos fácilmente los senderos de maravilla que nos han dado la bienvenida.

En términos de nuestra vida de todos los días, de nuestras tareas diarias relacionadas con el trabajo manual, ¿podemos hacernos más conscientes de algunos puntos de la Enseñanza, y entonces ver cómo se expresan en nuestra experiencia de trabajo, allí donde tenemos que habérnoslas con nuestros ideales y luchar con ellos valiéndonos de la palma de la mano, coyunturas, huesos, músculos y tendones? Respecto de su viabilidad en nuestra vida no se podrían clasificar con frecuencia como virtudes, en el sentido de ser potentes fuentes de fuerza? ¿No podríamos sensibilizarnos mejor para percibir estos puntos de Enseñanza y fuerza trabajando con nuestras manos y nuestros cuerpos, mediante el aspecto físico de nuestra vida, y de ese modo fortalecernos espiritualmente? ¿Cuáles son los conceptos de enseñanza que cobran vida para nosotros y nos hablan a través de nuestras manos?

Tomemos “la simplicidad”, por ejemplo. ¿Notaste alguna vez que las cosas que vos y tus manos saben hacer cuando todo ya está dicho y hecho, están realmente constituidas por una serie de actos individuales muy simples? Aun las que no son en absoluto simplistas, las que son complicadas, las que al principio nos producían un espanto endemoniado y nos dejaban la mente anonadada hasta que logramos tenerlas a raya (y que todavía hacen que algunas personas se queden boquiabiertos ante nuestra habilidad supuestamente “innata”) – ¿acaso no te resultan ahora, cuando se las segmenta en sus componentes aislados, completamente sencillas y despojadas de todo misterio? Pensá en cuando armaste esa sofisticada cena de Navidad o esa torta de bodas de cuatro pisos que hiciste desde el vamos hasta el último toquecito decorativo que la coronó, o en cuando diseñaste y tejiste ese tapiz elegante y colorido – a la distancia, ¿no recordás sobre todo cosas como pelar papas y tamizar harina y golpear cuidadosamente el tejido para compactar los hilos?

Sin duda, la trama de la memoria misma no es solamente intelectual, sino más bien en gran medida táctil. El “cómo” amasar pan o sembrar plantines o hacer nudos es un conocimiento de nuestros dedos, es un conocimiento de esa gran parte del cerebro dedicada a nuestros tan maravillosamente sutiles, tan prodigiosamente sensibles “miembros delanteros prensiles”. El recuerdo final del jardín de japonés que armamos con tanto esfuerzo incluye la preparación, incluye elegir las piedras ásperas y las suaves, hacer rodar las pesadas piedras de variadas texturas fuera de sus hoyos, cuesta arriba, y arreglar y mover y ajustarlo todo hasta sentir al final en las entrañas que todo quedaba genial.

Sin embargo, ¿recordamos lo difícil que nos resultó, a nosotros, “ex dedos de manteca”, lograr por primera vez una buena mano para estas tareas? ¿Hace eso que sea más fácil sentir empatía cuando otras manos torpes también lo encuentran difícil? Y sin embargo, si nada más y nada menos que justo nosotros (entre todas las personas del mundo) pudimos abrirnos camino hacia la destreza, ¿nos atreveríamos a negarles a esas otras personas torpes la posibilidad de lograr la misma conquista? ¿No hay aquí, entonces, una enseñanza respecto de la “compasión”, tanto en el pensamiento como en los hechos? También implica aprender “responsabilidad”, puesto que si alguna vez vamos a enseñar a otros y a guiarlos para que aprendan alguna artesanía, será mejor que estemos seguros de empezar bien de abajo, prestando atención a nuestros errores, arreglando las cosas que rompemos, conociendo la tarea de de cabo a rabo.

Y si, respecto de la habilidad que acabamos de conquistar, empezáramos a mandarnos la parte al punto de que nos haría bien tomar una dosis medicinal de humildad, sólo es necesario que intentemos realizar alguna tarea manual que no nos resulte familiar, algo que tal vez nos parezca una pavada que está por debajo de nuestra capacidad – como hacer un asado con leña humeante en un día ventoso, o colocar la puerta de un baño de manera que cierre suavemente con un “click”, o instalar una caja de electricidad de tres fases en un pequeño rincón, o simplemente estar agachados durante unas cuantas horas cosechando chauchas. Casi cualquier cosa servirá, casi cualquier cosa nos sacará rápidamente de nuestras fantasías y nos llevará de vuelta a la realidad de nuestra condición humana.

Conjuremos ahora ese apurón del último minuto antes del almuerzo. Los demás están corriendo a lavarse, hay que poner la mesa, la olla está a punto de desbordar, hay que revolver cada tanto la comida para que no se queme, suena el teléfono y además alguien está tocando el timbre – ¿no hay aquí algo para aprender acerca de esos hermosos y alegremente abstractos conceptos de “serenidad” y “presencia”? Cuando nuestros amigos se ríen a carcajadas de nosotros al vernos cubiertos de pies a cabeza de harina mientras nosotros estamos dale que dale, empeñados en hacer masa para tartas, o se burlan de nuestra ridícula incapacidad para coser un dobladillo o cocinar arroz o ponerle pañales a un bebé o plantar un lote de árboles en una cuadrícula sobre un terreno ondulado – ¿podemos apreciar las lecciones que tan gratuitamente se nos ofrecen acerca de tener sentido del humor, relacionarnos con otros y “reconocer sinceramente nuestra inferioridad” ¿Somos capaces de unirnos a la risa, aunque sea un poco? ¿Al menos después de que algunos años hayan pulido nuestra modo de estar dolorosamente involucrados en forma personal? (Uno bien podría “captar la enseñanza” años después de haber tenido la experiencia que la brindó; sólo mucho después y luego de mucha maduración, podría de hecho tener lugar un “click”.)

Necesitamos adquirir conocimiento. ¿Acaso sabemos realmente lo que es una “casa” si no hemos estado en cada uno de los rincones cubiertos de telarañas, en el desván, en el diminuto sótano, reparando y arreglando y remodelando? ¿Es posible alcanzar el don de la analogía en la comunicación de profundas verdades del alma sin tener bases analógicas prácticas?

Necesitamos lograr precisión. Esa vez que cortaste aquel hermoso trozo de madera nuevo o esa tela en dos mitades, ¿las partes encajaron donde se suponía que lo hicieran? ¿Lo hiciste “midiendo dos veces y cortando una” o vice versa?

Necesitamos ser realistas y honestos. Después de haber lavado y secado los platos y barrido la cocina, ¿volvemos a dar una mirada? ¿Estaba todo verdaderamente limpio y seco o no? Cuando algún compañero nos mostró que había todavía una manera mejor de lavar, ¿fuimos lo suficientemente abiertos para escuchar y aprender? ¿Registramos nuestras típicas reacciones internas de fastidio ante la crítica y pudimos aprender también de ellas?

Necesitamos lograr armonía entre nuestro mundo interno y nuestro mundo externo. ¿Te diste cuenta de que si uno comienza a intentar todos los días limpiar en su casa al menos una cosa extra un poco mejor – una olla, debajo de un mueble, un armario – empieza a advertir que hay lugares sucios a los que se había acostumbrado y a planificar lo que limpiará cuando tenga un momento libre? ¿Y notaste que mientras se ordena asiduamente la cocina, el dormitorio y el taller resulta bastante difícil e incómodo no proceder del mismo modo con el desorden de la mente y el corazón?

Preguntémonos aún una vez más: ¿cómo podemos recibir mejor la Enseñanza? Nadie capta toda la Enseñanza todo el tiempo; nadie capta nada de la Enseñanza nunca; no es sí o no, hay una gradación. ¿Cómo podemos entrar mejor en su fluir y conocer la plenitud de simplemente estar ahí, no enteramente en función de los resultados y frutos de nuestros esfuerzos, sino sólo trabajando por trabajar, entrando en un proceso de diálogo silencioso y retroalimentación con la vida? Todos estos son conceptos de enseñanza; ¿son también realidades vigentes en la vida de todos los días? ¿Podés recordar momentos en los que hayas trabajado muy duramente sabiendo que ganarías muy poco, casi literalmente rasguñando los centavos? Trabajando en una plantación para levantar cantidades interminables de manzanas en descomposición para hacer sidra, por ejemplo, o sacando de un establo paladas de excremento de pollo o vaca o conejo, o tendiendo las camas y cocinando y fregando y por lo general sudando la gota gorda y trabajando para medio mundo, te dejaste vencer por el odio hacia lo que hacías o simplemente estuviste allí, fluyendo?

Una vez tuvimos que limpiar matorrales y leña de un viejo terreno baldío arbolado, y sudar y aplastar y jalar y empujar como equipo para poder meter toda esa carga desbordante de ramas a lo alto y a lo ancho en nuestra pequeña chata. Luego partimos así hacia un relleno sanitario en las cercanías que se estaba preparando para convertir en un parque ribereño. Dios mío. ¡Qué horrenda hediondez nauseabunda entre la suciedad y el lodo montañosos, con el chillido triturador del rechinar de los motores de las filas de los enormes vertedores de basura y las grandes removedoras, y nosotros en medio de los alaridos de las rapaces gaviotas que nos revoloteaban alrededor mientras se peleaban entre sí! Para nosotros fueron unos cuantos días de apuro frenético, unas cuantas incursiones en la repugnante montaña de desechos malolientes, una experiencia inolvidable que nadie quisiera repetir en el futuro próximo. Para los hombres que trabajaban en ese inmundo revoltijo, y para los que están trabajando en eso en este mismo momento, y que siempre trabajan en basurales en distintos lugares del mundo, fue y sigue siendo una diaria, continua, y embrutecedora monotonía, un sacrificio del que el resto de nosotros depende y se beneficia. ¿No deberíamos estar agradecidos por este diminuto y agrio gustito de participación y desapego, y sí, ¿por qué no decirlo?, de decadencia y muerte también?

A pesar de todo, si en medio de tal desolado abismo de putrefacción podemos descubrir la enseñanza acerca de la transitoriedad y muerte, ¿no podríamos también, en ciertos momentos posiblemente escasos y afortunados, descubrirla asimismo en relación con nociones arquetípicas como la “resurrección”? Ciertamente, podríamos – y muy ocasionalmente lo hacemos.

Una vez vivimos un momento así en un día feriado, un día especial de celebración y gratitud. Hubo una pausa en el fluir de las festividades y decidimos aprovechar la oportunidad para terminar por fin el último detalle pendiente de una tarea de demolición y limpieza que habíamos estado haciendo: tirar abajo y remover la vieja letrina del baño exterior de la granja. Sólo quedaba la destrozada base de concreto del excusado. La levantamos, hecha pedazos, haciendo palanca con barras de hierro y echamos una mirada por debajo; entonces… ¡Santo Cielo! ¡Lo que nos esperaba en el cascajo del excusado! ¡Una hermosa estatuilla del bienaventurado Buda en estado de meditación! Limpiamos el metal parcialmente corroído para revelar su suave brillo color miel chocolate y la montamos sobre un bello trozo de madera veteado. Una sonrisa de amor, paz y bendición se entronizó humildemente en nuestra sala de estar, un regalo divino que había permanecido enterrado y fuera del alcance de la memoria del cualquier ser viviente, sepultado en un lugar como ese y hallado en un día como ese – todos los día lo vemos y recordamos.

No te parece también a vos que la enseñanza y la alegría yacen con frecuencia sepultadas entre nuestras labores manuales? ¿Escondidas en los rellenos sanitarios y en las jabonosas piletas de lavar o en las paredes de un jardín de infantes? ¿Que están ahí esperando que nosotros las veamos y las saquemos al sol? ¿Ocultas e irreconocibles puertas de vida y de enseñanza que nosotros, aun nosotros, podemos descubrir y abrir, y cuyos umbrales podemos atravesar?

Traducido en conjunto por L.Ross y Dolly Basch.




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